SARA NOS HABLA DE SUS SENTIMIENTOS Y PENSAMIENTOS
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SARA MARIA ALDRETE VILLARREAL
SARA EN LA EPOCA ACTUAL
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SARA MARIA ALDRETE VILLARREAL....
SARA MARIA ALDRETE VILLARREAL.....FOTOGRAFÍA RECIENTE
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MAYO 2006
“Afuera hay algo más para mí”
Imagen
Sara Aldrete a ocupado los últimos años en escribir y enseñar inglés.
La literatura ha sido su escape para pensar en su libertad que algún día llegará

Hace 17 años que no bebe en un vaso de vidrio,
que no come con cubiertos de acero ni utiliza un cuchillo en la mesa.
Ha olvidado cómo andar en bicicleta,
no sabe si recordará cómo nadar y por poco se vence ante el reto de subir una escalera cuando la cambiaron de prisión,
del Reclusorio Oriente al nuevo penal para mujeres de Santa Martha Acatitla,
donde se encuentra actualmente Sara Aldrete.

“Cuando nos trasladaron al nuevo penal me di cuenta que hacía 15 años y seis meses que no veía un perro ni subía una escalera y el pánico me invadió.
Sentí zozobra, miedo.
Mis piernas temblaban y me iba de lado mientras subía hacia el tercer piso del edificio donde se encuentra ahora mi dormitorio, en la estancia G 311.
Al llegar, lloré.

De pronto me había dado cuenta del tiempo que he pasado en prisión:
una vida, la mía.
Me sentí tan vulnerable como cuando llegué a la cárcel, a los 24 años”.

Ahora Sara es una mujer de 41 que lucha por desarraigarse de la prisión, por desacostumbrarse a los uniformes de color beige y azul.
“No pertenezco a este lugar y no me quiero morir aquí,
no me alcanza este cachito de vida para ser.

Si he sobrevivido a todo es que afuera hay algo más para mí”.

La fama tras las rejas

Sara Aldrete apenas lo cree,
pero la cárcel ha hecho de ella un mito.

Tras las rejas, no alcanza a mirar la dimensión de su nombre en los medios,
que la condenaron para siempre con un mote: La Narcosatánica.
Aun ahora, cuando ya es autora de un libro y ganadora de certámenes nacionales de cuento, poesía y teatro dentro del circuito cultural de los reclusorios.
“Nunca veo ni escucho lo que dicen de mí”.

Pero las evidencias algo le advierten sobre sí misma:
la suya no es una historia común.
Una película inspirada en su caso (Perdita Durango, de Alex de la Iglesia), un libro suyo de memorias, un sitio en internet que lleva su nombre:
www.saraaldrete.galeon.com,

una obra de teatro inspirada en ella
(La tabla de Poleo, de Alejandro Guerrero)
y próxima a estrenarse, y decenas de entrevistas concedidas a medios nacionales e internacionales la han convertido en la más famosa interna de los reclusorios en el país.
Quizá porque ninguna ha alcanzado hasta ahora su condena ni cumplido tanto tiempo en reclusión:
647 años de cárcel que recientemente se redujeron a 50 tras la revisión de su caso y de los cuales Sara ya cumplió 17 en abril pasado.

No había reparado en la fecha, pero ahora le viene a la memoria:
el 10 de abril de hace “muchos años” conoció al cubano-americano Adolfo de Jesús Constanzo, el hombre que la enamoró primero,
“me secuestró después”
y la convirtió en protagonista de uno de los casos más célebres y extraños del crimen en México:
los narcosatánicos.

Ahora ni siquiera está segura de haberse enamorado de Constanzo, a quien llamaban El Padrino,
líder de una banda acusada de traficar droga, secuestrar y asesinar gente en supuestos ritos de santería que celebraban en el rancho Santa Elena de Tamaulipas.

Perseguido por la policía, se suicidó durante el operativo para su captura que devino en balacera de célebres dimensiones, en un departamento en la esquina de río Sena y río Balsas, de la colonia Cuauhtémoc donde Sara había permanecido secuestrada y amarrada a una cama, según su dicho.

Ella había dado aviso a las autoridades del lugar donde se encontraban,
mediante un recado que pudo tirar a la calle, recuerda. Pero su rescate fue al mismo tiempo su captura:
muerto el líder,
sobre Sara y otros detenidos recayó la responsabilidad de los hechos. Los cargos: 13 homicidios, acopio de armas de fuego, asociación delictuosa, profanación de cadáveres y delitos contra la salud.

Lo que vino después ya es historia narrada en su libro Me dicen la narcosatánica, publicado en editorial Colibrí en 2000.

Allí está escrita su memoria:
su vida en familia en Matamoros, Tamaulipas, sus años de estudiante en México y Estados Unidos,
la relación con Constanzo y los santeros y las torturas de que fue víctima luego de su detención en 1989.

Extraña traslación: la historia que una vez la llevó a los encabezados de la nota roja, 15 años después colocó su nombre en las secciones de cultura y reseña de libros.

Convencida de su inocencia, descargado el pasado en su libro
–“aunque el perdón todavía lo tengo atorado”–, Sara se ríe de sí misma y bromea a costillas de su fama: “Soy una brujita y hasta tengo mi propio gato negro: Tábata, que nació en la cárcel como yo… luego de que me quitaran mi vida, la de antes”.

La literatura como savia

Ganadora en varias ocasiones del concurso de cuento José Revueltas, al que cada año se convoca a la población interna en los reclusorios del país, reconocida por sus adaptaciones de teatro, sus pastorelas y cuentos,
Sara Aldrete es como un emblema para el sistema penitenciario del Distrito Federal, que la considera una “líder positiva”.

De nueve de la mañana a nueve de la noche Sara se mantiene ocupada: da clases de inglés para las internas, apoya en las aulas de clase, ayuda en lo que puede y asesora a quien se lo pide: como nadie conoce el pulso del penal.

Su participación en la vida penitenciaria y su comportamiento le ha abierto la posibilidad de gozar algún día de la libertad anticipada.
Pero Sara mejor no piensa en el tiempo por venir:
“Es como si nunca terminaras de comer y el postre que tanto esperas no llega”.

Son seis mil 235 días transcurridos en reclusión y afuera nada será igual.
Lo sabe.
“No me siento lista para la vida de allá afuera, aunque un día me iré, porque no soy parte del inventario de este lugar”.

Así lo creyó una vez, en el Reclusorio Oriente, donde pasó 15 años y medio.
“Pero cuando me arrancaron de allá, cuando crucé la puerta y sentí un ardor de miedo en la garganta por el cambio,
me prometí no mirar atrás y no volver a hacer mío este lugar.
No volví a sembrar árboles ni plantas, como lo hice allá, porque aquí nada te pertenece”.

Sólo el teatro y la literatura ha hechos suyos en la cárcel porque en ellos encontró su savia.
Ahora mismo trabaja en una novela que postergará tanto como sea necesario, porque la entretiene en sus horas desiertas.

Gabriel García Márquez es su autor favorito; con una obra de Bertolt Brecht se inició en el teatro de reclusorios y en 1998 se puso a escribir su propia historia de la mano de la escritora Josefina Estrada, quien impartía un taller de literatura para internas, en relevo de Emiliano Pérez Cruz.

Sara va a ser tu obra, le dijo Emiliano a Josefina, quien durante meses sacó a escondidas, bajo sus ropas, las hojas manuscritas de Sara que corrían peligro en los cateos rutinarios del Reclusorio Oriente, “donde todo se destruye y nada te pertenece”.

Todavía recuerda cuando Josefina le dijo: “Vas a escribir un milagro de vida”. Y se puso a escribir:
“Para saldar cuentas con el pasado.
Fue una catarsis y dolió mucho.
Tanto que tres veces caí en el hospital.
Había hablado tantas veces de mi historia y cuando volví a ella fue como si la contara por primera vez”.

Hacía mucho que había enterrado el antes de su vida en prisión y no fue fácil trasladarlo de nuevo al presente:
“A veces uno piensa que los recuerdos están muertos porque ya los enterró y les lloró, pero un día reaparecen, así, de repente”.

De nuevo en su mente la violación tumultuaria,
las torturas que le dejaron más que golpes y una costilla hundida de por vida:
“No puedo tener hijos,
soy hipoglusémica, padezco disfunción en el páncreas y ya sufrí un infarto en 1996”.

Cuando Josefina Estrada tuvo completo el manuscrito de su historia, la alentó a publicarlo en su editorial.
Sara dudó al principio, pero se convenció: era un acto de justicia hacia sí misma, más que de perdón.

“El perdón todavía lo tengo atorado. Soy inocente y debo pesarle a mucha gente en la conciencia”.
Por Elia Baltazar 16-05-2006
 
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