Sara en el Reclusorio
Revista DF/ Viñetas, página 11
Georgina Hidalgo Vivas
Se llama Sara. Es originaria de Tamaulipas. Se ha convertido en la cabeza de un movimiento cultural dedicado a la promoción de la lectura, el teatro, la danza y la pintura.
Pero a diferencia de su tocaya, Sari Bermúdez, presidenta de CONACULTA, esta Sara, de apellido Aldrete, lleva 15 años en el Reclusorio Femenil Oriente.
Fue acusada de ser la sacerdotisa narcosatánica que guió rituales de desmembramientos humanos en el Rancho Santa Elena de Matamoros.
Fue juzgada como la “amante del diablo” encarnado en el cubano Adolfo de Jesús Constanzo, líder de la banda santera, quien después de secuestrarla se suicidó dejándola, dice, como chivo expiatorio.
Y fue condenada a 600 años de prisión (que tras una revisión se redujeron a 50).
Ahora celebra que su caso haya pasado de la nota roja a la cultural, al lograr que 200 reclusas, de un total de 498, participen actualmente en talleres literarios, círculos de lectura, obras de teatro y “experimentos coreográficos”.
Con estudios profesionales en Educación Física y Danza, la rubia espigada de 39 años organiza sociodramas, pastorelas, talleres de pintura, y es activa participante en la gestión de donaciones de libros para aumentar el acervo de la biblioteca del reclusorio.
“Si había cinco libros era mucho, pero ahora tenemos diccionarios, enciclopedias, libros de poesía, novela y cuentos, todos disponibles para préstamo a las celda; el servicio de préstamo es de 8 a 21 horas.
Nos gusta tener abierto ese mundo de fantasías y viajes, aunque sea para salirnos mentalmente de esta caja”.
Promueve también la participación de las reclusas en concursos literarios, de pintura y teatro.
Hasta el momento, entre ella y otras compañeras le han dado al reclusorio dos premios por mejor actriz en 2001, uno por mejor dirección y otro por mejor texto en el Concurso de Pastorelas Penitenciarias 2002, y recientemente un tercer lugar en el Concurso de Cuento José Revueltas.
“No todas se atreven a concursar, claro que antes éramos dos, ahora ya le entran ocho o 10; es un buen avance”.
De su tocaya y paisana Sari Bermúdez dice conocerla sólo por los noticiarios, afirmación que tal vez sea recíproca.
“Se ve que tiene interés en los reclusorios porque nos apoya, pero de lejitos; es lógico, cuando estás arriba te cuesta mirar las entrañas”.
Observa: “Las reclusas más activas en los círculos de lectura son las que están estudiando la primaria, porque sus maestros las orientan sobre qué leer.
Claro que lo que más piden son las novelas, a todas les gusta evadirse al mundo rosa de los enamorados, pero lo que nos importa es que le agarren gusto a leer.
A algunas también les gustan las historias de detectives, quizás también sueñan con aprender lo suficiente del Sherlock Holmes como para sacar sus propios casos adelante”.
Las historietas de la Familia Burrón, clásicos como el Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, biografías de mujeres célebres y poesía de Amado Nervo se disputan las preferencias de las internas.
Y hasta las comparten con las revistas de chismes de la farándula y las historias de terror de Poe.
La autora de Me dicen la narcosatánica (Editorial Colibrí), libro en el que cuenta la pesadilla que vivió al conocer y enamorarse del líder santero y el horror al descubrir que mataba para obtener el poder de hacerse invisible, recuerda con nostalgia el taller de creación literaria que promovía el INBA bajo la conducción de Josefina Estrada.
Recién suspendido por falta de recursos, “el milagro que cambió mi vida”, como le llama, es un gran vacío en la precaria vida cultural del reclusorio.
“Si bajaran a observar la necesidad que hay de cultura en estos lugares, no los suspenderían”, dice combativa la presa que tiene aún 36 años que purgar.
“Siempre hacemos peticiones pero no a todas las administraciones les interesa la cultura, hace cinco años ni dejaban entrar a la maestra de literatura.
Ahora hay mayor sensibilidad, a ver cuánto nos dura”.
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